PsicoloGuía

06/05/2010

EL EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

Filed under: Grupos y Sociedad,Personalidad — Claudio Castilla @ 3:18 pm
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Extracto de la entrevista de EDUARD PUNSET a PHILIP ZIMBARDO, psicólogo de la Univ. de Stanford (EE.UU.).

ZIMBARDO. (…) En mi estudio busqué estudiantes que estuvieran en alguna universidad cerca de la Universidad de Stanford, en California. Pusimos un anuncio en el periódico diciendo que buscábamos estudiantes para dos semanas, y que cobrarían 15 dólares al día por participar en un estudio sobre la vida en la cárcel. Luego hicimos tests de personalidad y entrevistas y elegimos, de entre unas 75 personas, a los más normales. Lanzamos una moneda al aire: «él será recluso; él, carcelero» y todo el mundo sabía que era un experimento pero, para hacerlo más convincente, hicimos que la policía detuviera a los chavales que iban a ser reclusos, que fueran a su casa, a la universidad o donde fuera, uniformados, y les dijeran: «Fulanito, quedas detenido por robo a mano armada, acompáñame». Luego los esposaron, subieron al coche y encendieron la sirena… Incluso sabiendo que no habían hecho nada, se sentían culpables, ahí en el coche con todo el mundo mirándoles y preguntándose qué pasaba. Y luego los llevaron a comisaría y les tomaron huellas dactilares, les hicieron fotos… y los pusieron en una celda real. Lo que queríamos era que las autoridades se encargaran de privarlos de libertad. A continuación los policías les vendaron los ojos, y nosotros los subimos a un coche y los trasladamos a nuestra cárcel. Y, cuando les quitamos la venda, ahí estaban, desnudos y con todo el mundo burlándose de ellos. Les pusimos nuestro uniforme y empezó el experimento. Los guardias habían llegado el día antes, porque queríamos que sintieran que era SU cárcel. Les dimos bonitos uniformes, porras, silbatos, esposas… y también gafas de sol reflectantes para que nadie pudiera verles los ojos. Queríamos que los carceleros fueran anónimos y que todos tuvieran el mismo aspecto.

El primer día creíamos que no pasaba nada, porque los guardias… ¡eran buenas personas! Era 1971, ¡eran hippies! ¡Activistas de los derechos civiles! Cuando llegaron y les preguntamos si querían ser carceleros o reclusos, nos dijeron: «¡No quiero ser guardia! ¡No voy a la universidad para serlo!» Algunos incluso dijeron que los policías y guardias eran todos unos cerdos… ¿Sabes? ¡Era la época! Así que no eran malas personas ni querían ser carceleros; de hecho, al principio no había diferencia alguna entre guardias y reclusos. Además, se les asignaba el papel lanzando una moneda: todos lo sabían. Los presos no habían hecho nada malo, era un experimento. Sin embargo, al cabo de dos días, los guardias empezaron a decir que los reclusos eran peligrosos y que había que aplacarlos. Y es que, durante el segundo día, los presos se rebelaron y dijeron que no querían llevar números, ni gorrillos absurdos en la cabeza… y empezaron a insultar a los guardias, que me preguntaron: «¿y ahora qué vamos a hacer?» Yo les dije: «¡es vuestra cárcel! ¿Qué vais a hacer?»

PUNSET. Eso es lo que les dijiste…

ZIMBARDO. Sí. Les dije: «¡es vuestra cárcel!». En cada turno había nueve presos y tres guardias, y me dijeron que tenían que llamar a los guardias del resto de turnos… y, entonces, los guardias utilizaron la fuerza física para controlar a los presos, que, según ellos, eran reclusos peligrosos. Nada de estudiantes, nada de un experimento… Por su parte, los reclusos empezaron a pensar que estaban en una cárcel dirigida por un psicólogo y no por el Estado; en ese momento se convirtió en una cárcel real.

PUNSET. Y así fue cómo un experimento que tenía que durar dos meses…

ZIMBARDO. No, ¡tenía que durar dos semanas!

PUNSET. Pero duró cinco o seis días…

ZIMBARDO. Duró seis días solamente (…) Yo era el superintendente de la cárcel y dije que nada de violencia física, pero los guardias recurrieron a la violencia psicológica. Si un guardia contaba un chiste y te reías, te castigaba. Si lo contaba y no te reías, también te castigaba. Te sentías impotente, porque no sabías qué hacer. (…)

En nuestro estudio, cada turno de guardias era peor que el anterior. Pero lo peor era de noche, porque los guardias sabían que yo tenía que irme a dormir en algún momento (dormía en mi oficina, en el piso de arriba, en el Departamento de Psicología). Al día siguiente, mirábamos el vídeo y veíamos que habían hecho cosas terribles, y yo les decía que no se pasaran tanto, y me decían: «sí, señor», pero al día siguiente empeoraba todavía más. Los presos empezaron a tener crisis emocionales tras 36 horas. Cada día un recluso distinto se venía abajo y teníamos que llevárnoslo al médico… las crisis tenían una duración limitada porque cuando los sacábamos de la situación y les quitábamos el uniforme, volvían a la normalidad. Al final del estudio, dedicamos un día entero a hacer balance. Nos reunimos con los reclusos, y luego con los guardias y finalmente todos juntos. Les dije: «todos hemos hecho cosas malas, yo incluido», porque yo me había convertido en el superintendente de la cárcel, no en el psicólogo: había visto cosas terribles y las había permitido. (…)

PUNSET. Philip, ¿cómo relacionas todo esto con el antiguo debate sobre la naturaleza humana? Tenemos, por un lado, la idea budista de que el ser humano es bueno. Pero, por otro lado, está la idea occidental: somos agresivos y nuestra naturaleza es mala… ¿ha ayudado esto al debate?

ZIMBARDO. ¡Creo que es un debate artificial! Creo que las personas nacen con la capacidad de ser buenas o malas, afectuosas o indiferentes, creativas o destructivas… que la misma mente empuja a unos a convertirse en villanos y a otros en héroes. ¡Pero es la misma mente! (…)

PUNSET. Es fantástico, ¿no? Porque, veamos, tanto en el caso del héroe como en el del criminal, ¿quién es responsable? ¿La propia persona, o la institución, el sistema? ¿Qué opinas?

ZIMBARDO. Me parece un tema fascinante. En el Holocausto teníamos a los nazis que asesinaron a millones de judíos, gitanos, homosexuales… pero en todos los países del mundo (bueno, en los países en los que estuvieron los nazis) hubo personas que ayudaron a los judíos, que arriesgaron sus vidas. ¡Y eran personas corrientes! ¿Y cuál es la diferencia entre las personas que cometieron actos atroces y los que hicieron cosas buenas? ¿Podríamos intercambiarlos? No lo sabemos, es como un experimento humano… lo que intento entender es si, como sociedad, podemos crear maneras nuevas de educar a los niños para empujarlos en una dirección en la que piensen que son «héroes a la espera». (…)

REDES. Eduard Punset. Ver el vídeo.

03/05/2010

¿NOS APROVECHAMOS DEL ANONIMATO?

Filed under: Grupos y Sociedad — Claudio Castilla @ 8:34 pm
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Extracto de la entrevista de EDUARD PUNSET a PHILIP ZIMBARDO, psicólogo de la Univ. de Stanford (EE.UU.).

PUNSET. ¿Por qué crees que el anonimato desempeña un papel tan importante en la conducta sádica?

ZIMBARDO. Es crucial. El anonimato significa: «yo no soy Philip Zimbardo, no soy responsable de mi comportamiento». Me pongo una máscara, una capucha… como los terroristas… si se roba un banco, se esconde la identidad… Pero si lo haces durante suficiente tiempo, pierdes la identidad y te conviertes en la máscara.

REDES. Eduard Punset. Ver el vídeo.

TAREA. Piensa en situaciones de anonimato.

30/03/2010

¿EN QUÉ NOS PARECEMOS A LAS HORMIGAS?

Filed under: Grupos y Sociedad,La Ciencia,Pensamiento — Claudio Castilla @ 9:50 am
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Es asombroso cómo las cosas sencillas pueden acabar produciendo obras complejas. Una hormiga es sólo un insecto, pero muchas hormigas juntas, si se cumplen ciertas condiciones, forman una sociedad jerarquizada y rica en matices (castas, división de tareas, importancia de las distancias genéticas, construcción de estructuras arquitectónicas, cierto tipo de lenguaje químico social, y un objetivo común compartido por todos los integrantes del hormiguero)…

El emergentismo es una de las características más notables de los sistemas dinámicos…, y con frecuencia es invocado en la explicación de las conductas y los fenómenos psicológicos, aunque hoy en día es invocado desde todos los ámbitos de las ciencias naturales como una parte esencial del mismísimo pensamiento científico (Cohen, 1997).

Un sistema (por ejemplo, un hormiguero o una colmena de abejas) es un conjunto de elementos que forman una entidad distinguible del resto, y que interactúan entre sí (también con otros sistemas) de manera que el conjunto entero de elementos resulta afectado cuando uno, o unos pocos, de sus elementos integrantes es alterado. En los sistemas dinámicos podemos observar a menudo propiedades emergentes: el sistema contemplado como un todo exhibe características que no aparecen en ninguno de los elementos que lo componen, cuando éstos se observan por separado. Las propiedades han “emergido” a partir de la interacción de los elementos. Es algo que ya observaron los partidarios de la escuela de la Gestalt: “El todo es más que la suma de las partes“. Por ejemplo, cada integrante de una enfervorecida masa de hinchas de un equipo de fútbol carece de algunas propiedades que sí son visibles cuando estudiamos la masa como un todo. La sociedad de las hormigas exhibe una complejidad inaprehensible si únicamente podemos examinar una hormiga individualmente. Cada pincelada en un cuadro carece de la belleza o la emoción que sí es capaz de transmitirnos la obra ya terminada…

Cuando se trata de explicar realidades muy complejas (como la conducta de los animales, la evolución mediante selección natural, o el funcionamiento de los genes), la tentación es recurrir a explicaciones igualmente complejas, al mismo nivel. Pero lo atractivo del emergentismo es la idea de que, a partir de elementos muy sencillos que se relacionan entre sí de formas no necesariamente complicadas, pueden surgir espontáneamente propiedades muy complejas y organizadas en el nivel superior

PSICOTECA. Ampliar la información.

TAREA. Piensa en otros ejemplos de emergentismo.

04/03/2010

LOS BENEFICIOS DEL GRUPO Y DEL APRENDIZAJE SOCIAL EN ANIMALES

Filed under: Aprendizaje,Grupos y Sociedad — Claudio Castilla @ 9:49 am
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En el Reino Unido existe un sistema de distribución de leche que todos hemos visto en cine o televisión en alguna ocasión. A primera hora de la mañana, un repartidor deposita un número pactado de botellas de leche en la puerta de los hogares. A principios del siglo XX estas botellas no tenían tapa. Los pájaros tenían fácil acceso a la nata, que por su densidad, quedaba depositada en la parte superior. Dos especies diferentes de pájaros, herrerillos y petirrojos, aprendieron a extraerla con su fino pico.

En el periodo de entreguerras, los distribuidores, cansados del saqueo, comenzaron a poner unos sellos de aluminio que impidiera a los pájaros su extracción. Pero un día, un pequeño herrerillo aprendió a perforarlo propinando pequeños golpes secos a la tapa metálica. A mitad de siglo, esta técnica se había difundido a la totalidad de la especie.

Sin embargo, aunque algunos petirrojos habían conseguido hacerlo también por separado, nunca se extendió de manera masiva entre ellos. Los petirrojos fallaron y retrocedieron en número al no ser capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias. El éxito de los herrerillos fue tal que se convirtieron en los pájaros de jardín más abundantes de la isla. En un principio, estas diferencias fueron atribuidas a la comunicación, pero descubrimientos recientes ponen de manifiesto que herrerillos y petirrojos poseen características similares, lo que invalida la hipótesis. La explicación quizás esté en la vida social. Los herrerillos viven en grupos de entre diez y doce individuos, se mueven juntos en bandadas y son especialmente tolerantes los unos con los otros. Por el contrario, los petirrojos son muy territoriales y rara vez aceptan la presencia de terceros. Los animales que viven en grupo parecen aprender más rápido y sus innovaciones tienen un mayor impacto en la población, pues la información es compartida rápidamente.

El caso más paradigmático es el de los macacos japoneses de isla de Koshima. Un par de veces a la semana unos cuidadores aprovisionan a estos monos con trigo y patatas. En 1953, ante el asombro de los presentes, se observó una joven hembra llamada Imo, transportar varias de estas patatas hasta un arroyo de agua dulce cercano para lavarlas y evitar así el grave daño que produce la suciedad y la arena en los dientes. En el plazo de tres meses, su madre y sus hermanas ya habían adoptado las mismas conductas. La técnica se fue trasmitiendo de jóvenes a mayores hasta que se extendió a todo el grupo.

Algunos miembros comenzaron a lavarlas directamente en el océano, aún cuando las patatas estaban limpias. Aunque no sabemos porque, puede tratarse de un asunto de preferencias por los alimentos salados. Los que más tardaron en aprenderlo fueron los machos adultos. La razón puede ser que la transmisión del conocimiento depende del tiempo que los individuos pasan juntos. Los machos de esta especie suelen ocupar zonas periféricas y apartadas, lo que dificulta el aprendizaje. Dos años más tarde, Imo sorprendió de nuevo con una nueva solución: lavar el trigo en el agua para separarlo de la arena. Una vez más, el grupo entero adoptó rápidamente este nuevo sistema de lavado.

Pero ¿por qué algunas ideas se difunden y otras no? Los estudios con primates arrojan algo de luz al respecto. Algunas características que parecen ayudar a su difusión son: la utilidad percibida, la situación periférica o central del individuo que inicia el nuevo comportamiento, la compatibilidad con los valores del grupo, la simplicidad de funcionamiento, la facilidad para observar sus consecuencias y la receptividad de la audiencia. Otro tipo de mecanismos que intervienen son la neofobia (rechazo de la novedad) y neofilia (gusto por la novedad), la curiosidad, la flexibilidad del comportamiento, la familiaridad con los elementos y el conocimiento de los procesos sociales.

SOMOS PRIMATES. Pablo Herreros. Ampliar esta información.

02/03/2010

EL EXPERIMENTO DE MILGRAM 50 AÑOS DESPUÉS

Filed under: Grupos y Sociedad,Personalidad — Claudio Castilla @ 8:03 pm
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La televisión francesa estrenó un nuevo programa que no sobresale del estereotipo que tienen los concursos de la pequeña pantalla. Una multitud rugiente, una conocida presentadora y un estudio lleno de luces acompañan y ponen en situación al concursante. Sin embargo, el nombre ya comienza a resultar chocante: ‘El juego de la muerte’.

Los concursantes tendrán que participar en un experimento no visto con frecuencia en la televisión: averiguar si la televisión les podría empujar a realizar acciones de longitudes escandaliosas. Este hecho ha generado un debate en Fracía sobre la decencia del programa, que ya ha sido comparado con las atrocidades de la Alemania nazi.

“Nos sorprendió que el 80% de los participantes haya obedecido a las órdenes que daba la presentadora”, ha dicho Christophe Nick, el creador del documental en el que se habla de este falso concurso, preparado para retransmitirse en el canal France 2.

El juego es bastante enrevesado. El concursante le hará preguntas a un jugador, que recibirá descargas eléctricas de hasta 460 voltios cada vez que falle. El participante, sin saber que el que se encuentra en la silla eléctrica es un actor, continúa aplicando las órdenes del presentador cuando el público, que tampoco sabe el truco, entona el grito de “¡Castigo!”.

De los 80 participantes que fueron llamados a las filas, sólamente 16 abandonaron el programa. Un concursante entrevistado admitió que utlizó la tortura a pesar de saber que sus abuelos eran judíos y fueron perseguidos por los nazis. “Desde que era niña me he preguntado por qué los nazis lo hicieron. Y ahora estoy yo haciendo lo mismo”, ha dicho Sophie, una de las concursantes que aparecen en el programa.

Este experimento se inspira en un estudio de la Universidad de Yale de 1960 en el que se utilizaron métodos similares para examinar cómo los ciudadanos podían ser bastante obedientes, llegando incluso a participar en asesinatos en masa.

La televisión tiene un poder aterrador“, admite Nick. “Cuando decide abusar de su poder, la televisión puede hacer cualquier cosa a cualquier persona”.

EL MUNDO. París. Ampliar esta información. Ver el vídeo.

TAREA. ¿En qué consistía el experimento de Stanley Milgram de 1963?

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